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El encuentro, un relato de Lola Arroyo

Miércoles, 24 de Octubre 2018

Fuente: Pixabay.
Fuente: Pixabay.
Julia ya tenía 72 años y el pelo gris y alguna que otra arruga. Pero se conservaba muy bien, y parecía más joven de lo que era: estaba delgada y no había perdido nada de su encanto juvenil. Además, era una mujer poco habladora y muy observadora.

Una tarde iba paseando  con su hija Cristina, la mayor de sus tres hijos (dos mujeres y un varón). Cristina estaba separada y vivía con su madre desde que esta enviudó. Los otros dos hijos, Inés y Carlos estaban casados y con hijos.
   
Las dos iban viendo escaparates por las calles peatonales  adyacentes  al ayuntamiento. En ellos  admiraban las novedades en ropa de otoño-invierno que ya se aproximaba. Pero, al girar en una esquina, a punto estuvieron de tropezar con un hombre que, al pedirles disculpas, se quedó mirando a Julia. De repente exclamó: "¡Julia!"
   
Ella se quedó mirándolo y pensando: "esta cara me suena, los ojos me recuerdan a alguien". Le contestó:
 
–Sí, soy Julia.

–¿No me reconoces? Soy Bartolomé, el amigo y compañero de trabajo  de tu marido, Rafa. Es normal que no me reconozcas  porque he cambiado muchísimo.  Con lo delgado que era... ¡y ahora parezco un tonel y además hasta calvo! En cambio, tú apenas has cambiado, sigues igual de delgada y con esa dulce sonrisa de siempre. –El hombre miró a Cristina y siguió hablando con Julia –¿Es tú hija verdad? Porque se parece muchísimo a ti. ¿Y Rafa , como está?
   
Julia le contestó:
   
–Sí, es mi hija Cristina y vive conmigo desde que Rafa murió hace cinco años de un infarto fulminante. Tengo dos hijos más, Carlos e Inés, están casados y con hijos. Cada uno tiene su parejita, así que, ya ves, soy abuela. ¿Y a ti como te va?
   
–No muy bien, porque hace un año quedé viudo. La muerte de mi esposa Laura fue larga y dolorosa. Recuerda que al poco tiempo de haceros novios tú y Rafa, me marché a Barcelona. Tuve suerte, encontré un buen trabajo y, al poco tiempo de llegar, una mujer maravillosa, guapa, inteligente y muy cariñosa. Al morir ella, cuando volvía a casa y no la encontraba (siempre me recibía con una sonrisa y unas palabras cariñosas) sentía una gran soledad y me  hartaba de llorar. ¡Ojala hubiese tenido hijos como tú! De ser así, no habría vuelto aquí. Pero decidí vender el piso y regresar al pueblo. Aquí me he comprado otro, muy cerca de mi hermana.
  
Julia le contestó:
   
–De verdad que no sabía nada de lo ocurrido. Cuando te fuiste solía preguntarle por ti a tu hermana. Pero desde que nos marchamos a otro barrio, no he vuelto a verla.
   
–Eso mismo me ha dicho mi hermana, que no ha vuelto a verte. Yo he venido un par de veces y tampoco nos hemos visto. Julia, toma esta tarjeta. En ella está mi dirección y mi número de móvil.
   
–Yo no tengo tarjeta, pero anota mi número, por si alguna vez necesitas algo. –Respondió Julia. 
   
Se despidieron dándose un beso. Cristina le alargó la mano a Bartolomé, como si no quisiera que él la besara. Cuando el hombre se alejó, le dijo a su madre:
   
–Ese hombre no me gusta, ni su forma de mirarte. ¿Por qué le has dado tu número?
   
Julia se quedó un poco sorprendida y contestó:
 
–¿Por qué dices eso Cristina? Bartolomé era muy amigo de tu padre. La verdad es que era muy guapo, alto pelo negro y, como has visto, tenía unos ojos azules preciosos. Tu padre y él eran los más guapos, los más graciosos y tenían los dos unas ocurrencias enormes. Eran los mejores de la pandilla. A las niñas nos traían locas, nos gustaban muchísimo. Yo tuve la suerte de conquistar a tu padre o tu padre a mí. La verdad es que la marcha de Bartolomé nos extrañó a todos, por ser tan inesperada.
   
Una mañana que Julia estaba sola en casa, llamaron a la puerta. Cuando Julia abrió, se quedó sorprendida. Allí estaba Bartolomé.
   
–¿Cómo has conseguido mi dirección? –le preguntó Julia. 
   
–¡Conocidos que tiene uno!
   
–Pasa. –concedió Julia.
   
Al entrar, Bartolomé la besó primero en la mejillas pero después, con pasión y un fuerte abrazo, también la besó en los labios. 
   
Julia se quedó perpleja, pero logró decir:
   
–¿Qué haces Bartolomé? No vuelvas hacer eso jamás.
   
–Perdóname Julia, no lo volveré hacer. Es que, al verte, he sentido un impulso y un deseo de besarte que no he podido controlar. 
   
–Te diré una cosa, solamente seremos amigos, pero nada más. Y ahora, por favor, márchate. 

Julia recordó lo que le había dicho Cristina. Pero resto de la mañana la pasó tocándose los labios con los dedos de vez en cuando, sin saber si lo hacía para borrar o para recordar la sensación que los labios de Bartolomé había dejado en ellos.  


 
Lola Arroyo

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Yaiza Martínez
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En este blog se publican los textos escritos por las alumnas y alumnos del Taller de Escritura de El astrolabio. También comentamos libros y noticias que nos interesen, y publicamos información sobre las Sabias y los Sabios de cada mes. En definitiva, aquí anotamos todo lo que nos parece que brilla.


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