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​La recogida de la aceituna, un relato de Rosario Ascanio

Lunes, 4 de Marzo 2019

​La recogida de la aceituna, un relato de Rosario Ascanio
Nací y me crie en el barrio más antiguo de mi pueblo, La Villa. Es un barrio con una historia muy antigua. Hace mucho tiempo, en él vivían las personas de más abolengo. Eso fue hasta que el pueblo se fue ampliando y los ricos se fueron yendo hacia lo nuevo. Entonces La Villa se quedó para la gente obrera y, como digo, ahí nací yo.

Smos cuatro hermanos. Mi madre se quedó viuda muy joven, mi padre vino enfermo de la guerra civil y poco tiempo después murió. Así que tanto mi hermana como yo tuvimos que trabajar desde muy jóvenes, (éramos las mayores de los cuatro). Mi hermana empezó a trabajar en las casas y yo, con doce años, ya estaba en la aceituna. Me pagaban cinco reales y mi trabajo era llevar agua a las cuadrillas. Cuando cumplí los deciséis ya iba al cortijo, con una canastilla debajo del olivo.

Nos llevaban en un carro tirado por un mulo. Era el carro de la jatería , en el que iba todo el jato que íbamos a necesitar: las mantas (si tenías), sabanas (esto era más difícil de llevar), las ollas, las cucharas, la ropa que tuvieras para el trabajo,las canastillas para la recogida y las jardas, que era lo que te iba a servir de colchón. Eso más o menos era el jato

Cuando llegabas te mandaban al desfán, que era un pajar. Allí tenías que llenar la jarda de paja, que te pasabas media noche sin dormir de lo que pinchaba. Allí mandaban a las mocitas. Los mocitos iban a otro lugar del cortijo. Después bajabas a la cocina y, entre cantos y risas, se iban colocando las pocas cosas que traías. También aprovechabas para coquetear y reírte con los hombres que  estaban por allí, esperando el bullijeo de las muchachas.

Nos hacia la comida la mujer del manijero, o bien una de las mayores que iba para estar al tanto de ese menester. Comíamos todos de la misma maceta, que así se le llamaba al lebrillo donde estaba la comida, y allí tenías que andar lista, que si no no comías. Lo primero que se perdía era el poco chorizo y tocino que había. Además, se comía con la orden de cucharada y paso atrás, que consistía en acercarse a la maceta de la comida, coger una cucharada y dejar paso a los que había detrás. Pero los más hambrientos (que éramos todos) se hacían los tontos y no se echaban atrás, así que si no espabilabas no probabas nada. Con razón dice el refrán “en un cortijo grande, el tonto muere de hambre".

Cada quince días venia el jatero desde el cortijo al pueblo a por ropa limpia, pan y tocino. Las muchachas que estaban trabajando en el cortijo, si no tenían novio o este no estaba con ellas, venían una vez al mes al pueblo. Cuando llegaba ese día, para terminar antes, le cantaban al manijero:

Manijero, nanijero, échanos el cristo temprano
que somos niñas de novio
y tenemos que arreglarnos.
El reloj del manijero es una papa cocía
1ue dice que son las seis
y son las siete corrías


El ultimo día ninguna cuadrilla quería que le tocara el último olivo, porque si no les hacían el abejorro, que consistía en rodearlos junto al olivo para hacer uh, uh, uh, uh al tiempo que iban pasando dándoles un manotazo.

Ese mismo día los trabajadores pedían al señorito que les diera el arremate. Todos se juntaban entonces y el señorito les regalaba una arroba de vino, la morcilla y el tocino del potaje que se iba a comer ese día. Era un día que pasaban si no llovía jugando al corro y cantando en el patio, o en la cocina cantando y contando historias y romances.


 
Rosario Ascanio

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Yaiza Martínez
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En este blog se publican los textos escritos por las alumnas y alumnos del Taller de Escritura de El astrolabio. También comentamos libros y noticias que nos interesen, y publicamos información sobre las Sabias y los Sabios de cada mes. En definitiva, aquí anotamos todo lo que nos parece que brilla.


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