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Relato de Mercedes Ortiz.


Mercedes Ortiz.
Mercedes Ortiz.
David  era un joven estudiante amante de la naturaleza, de carácter alegre y feliz, al que le gustaba mucho pasear por el parque más importante de Cabra, ciudad de la provincia de Córdoba.
 
Era este parque amplio, de estilo románico, y en él predominaban los castaños de indias, los tilos, los  plátanos de sombra, las falsas acacias, los laureles, los olmos de holanda, los álamos, etc. Había sido construido en 1848 por iniciativa de Don José Alcántara Romero. Al principio se llamó Parque Público, hasta que en 1897 se le dio el nombre de su creador, Alcántara Romero.
 
En sus paseos, a David le llamaba la atención el guarda del parque, vestido con uniforme. Caminaba con su bastón, porque era cojo. En ocasiones, se le veía corretear tras los chiquillos que se metían en los jardines y estropeaban las plantas. Los niños le hacían entonces burla al guarda que, al no poder alcanzarlos, les revoloteaba el bastón para que salieran del jardín. Naturalmente, nunca llegó a dañar a ninguno.
 
Un día, David salió en defensa del guarda y amonestó a los críos. Aprovechó entonces la ocasión para saludar al hombre y presentarse:
 
–Me llamo David Jiménez y estudio en el Instituto Aguilar y Eslava, que está aquí cerca. Por eso me vengo aquí en el recreo. Me gusta la naturaleza y me siento a gusto paseando por aquí.
 
–Bueno, David –le contestó el guarda –, yo soy Domingo Arroyo, y como verás soy el guarda de este parque. También me siento a gusto con mi trabajo; procurando que estos chiquillos traviesos no estropeen los jardines.
 
Así fue como, a pesar de la diferencia de edad, comenzó una sincera amistad entre Domingo y David. Hablaban de la naturaleza, de cómo cambiaba cada planta, de la luz que el parque tenía en cada cambio de estación. Siempre que sus clases se lo permitían, David se acercaba hasta el parque para charlar con su amigo Domingo. Uno de esos días, el chico se atrevió a indagar en la causa de la cojera de Domingo. Le dijo:
 
–Domingo, desde que te conozco nunca te he preguntado por tu cojera, por miedo a que te molestaras…

–Nada de eso David, no te preocupes, no me moleta. Tampoco me importa contarte a qué se debe. Si te interesa, te contaré incluso lo que viví en mis años jóvenes y mi trayectoria durante la guerra civil. ¡Sí que me gustaría!
               
»Yo nací en Cabra. Mis padres fueron José y Dominga Gregoria. Eran humildes y sencillos trabajadores agrícolas; de pequeño también yo trabajaba en el campo. Verás, me encontraba haciendo el servicio militar, como los jóvenes de aquella época en la que que era obligatoria hacer la mili. Yo estaba en el Cuartel de Infantería de Zaragoza, de la quinta del 35. Pero tuve un permiso y me vine a Cabra para tres meses. En ese tiempo, aproveché para trabajar en las faenas del campo, como era habitual. Pues bien, estaba trabajando en una finca que llaman Villanueva, y desde allí pasé a Baena, con los  mismos dueños de la finca. Y, estando en Baena, ¡estalla la Guerra Civil!

»Baena era problemática por las ideas políticas que allí bullían. Se formaron entonces grupos armados que empezaron a parar a todos los que salían del pueblo. Estos grupos se pusieron a vigilar carreteras y caminos, y de repente resultaba muy difícil salir de allí. Como yo aún estaba de servicio militar, se me aconsejó que me presentara en Cabra a cumplir con mis obligaciones. Como temí llegar hasta aquí por carretera, por si me paraban, decidí venirme   campo a través. ¡Te puedes imaginar como llegué a mi casa, sudoroso y cansado!
Después de una ducha y algo de descanso por consejo, mi padre me acompañó y me presentó al Capitán de la Guardia Civil, que por aquel entonces era Don Francisco López Pastor, capitán Patiño. Él me ayudó a incorporarme al Cuartel de Córdoba,  y de allí pasé al frente, en el que combatí durante tres meses.
               
»Pues bien, uno de esos días de combate nos acosaron. Entonces se dio la orden de retirada. Se me ocurrió pararme  a quitarle algunas piezas  a las armas para que no pudieran  ser utilizadas por los del frente contrario, acción por la que más tarde fui felicitado.  Poco después, me alcanzó una bala. El tiro me entró por el cuello y me afectó la médula. Quedé inmóvil desde las doce de la noche hasta la mañana siguiente, que fueron recogiendo heridos y retirando muertos. Como no podía moverme, al llegar a mi altura y ver que no me movía, los que recogían a la gente dijeron este está muerto. Pero yo estaba consciente y les contesté  hombre, llevadme con vosotros a ver si me podéis salvar, que no estoy muerto. Por si esto fuera poco, cuando nos dirigíamos al Hospital de Córdoba, nuestro convoy  fue bombardeado. A pesar de ello, logramos llegar a la ciudad...

​Una historia verdadera
–¡Qué barbaridad, Domingo! –exclamó David- ¡Y qué pena que no me pueda quedar más rato! Tengo que continuar con las clases y se me  ha pasado la hora del recreo. Me tengo que ir, pero prométeme que continuaremos el próximo día con tu historia.
 
–Naturalmente que sí, David –respondió Domingo.
 
Pasados unos días, David  volvió.
 
–Buenas Domingo, los exámenes me han impedido venir antes. Estaba deseando volver para que continuaras contándome tu historia.

–A ver, dime por donde nos quedamos… –contestó Domingo.

–¡Llegaste al Hospital de Córdoba! –exclamó David. Domingo continuó diciendo:
 
–Bien, en Córdoba estuve unos tres meses, pero no mejoraba, y por eso los médicos decidieron trasladarme a Sevilla. En este traslado también fue bombardeado el tren, pero de nuevo tuve la suerte de poder llegar a mi destino. Ya en Sevilla, aunque fui mejorando, seguía sin movilidad.
               
»Un  día, los médicos decidieron levantarme para ver si moviéndome sufría  algún cambio, si mi cuerpo reaccionaba, porque entonces yo no podía ni hacer mis necesidades. El primer día que los enfermeros  me sacaron al jardín para intentar que me moviera lo más posible,  lucía el sol y corría una brisa muy agradable. Para mí fue precioso y me sentí a gusto y feliz. Pasé un buen rato respirando el aire fresco, después de tanto tiempo internado en el hospital sin poder moverme.  

»Verás lo que pasó entonces. Estando fuera, sentimos un tremendo estruendo. El  personal empezó a correr, muy alarmado. Resulta que el techo de mi habitación se había venido abajo sobre mi cama, imagínate el revuelo. Todo el mundo pensaba que yo me había quedado bajo los escombros.

»Aquella fue la cuarta vez que me salvé de la muerte. Fue suerte, el destino, o mi ángel de la guarda… Después fui mejorando, mis padres fueron a Sevilla a visitarme y acompañado por un enfermero, fui a recibirlos a la estación. Aquel fue el día más feliz de su vida para mi madre, al verme caminar de nuevo apoyado en las muletas. Siempre me lo dijo.
Cuando por fin me licencié, el Ejército me concedió dos medallas: una por Mutilado de Guerra y otra por Sufrimiento por la Patria. Ya de vuelta a casa, procuré adaptarme a mi nueva situación.
               
»Tuve la suerte de encontrar en mi vida a mi mujer, Luisa, una mujer buena, decidida y desenvuelta; y de tener a mi hija Rosa y a mi nieta Susana. Hoy doy gracias por ellas y por la familia que tengo. ¡Bien,  David! Esto, a grandes rasgo, es un trozo de mi vida, porque habría mucho que contar.
 
–Gracias, Domingo, por tu relato, por el esfuerzo y la emoción que has puesto al recordar todo lo vivido. Te repito: ¡Gracias!
 
David partió  hacia su clase pensativo, reflexionando sobre todo lo que Domingo le había contado. Los hechos resultaban tan increíbles que, de no tener la confianza que tenía en su amigo, sin duda habría dudado de su veracidad.  David pensó entonces cuántos hombres guardarían en sus recuerdos otras historias inverosímiles de los años tan difíciles que vivieron durante la Guerra Civil.


 

Redactado por Mercedes Ortiz el Miércoles, 29 de Marzo 2017 a las 09:26 | Comentarios

Relato de Charo Ascanio.


Síndrome de Estocolmo
Llevo varios días mirando la hoja en blanco que tengo delante de mí y no sé cómo comenzar, cómo reflejar en ella una historia dura y a la vez llena de amor por unos hijos.
 
Araceli es  su protagonista, una mujer de otro pueblo. En su casa eran cuatro de  familia, sus padres su hermana  y ella. Se habían criado bien; eran pobres, pero vivían sin muchos aprietos. Su padre trabajaba en una fábrica de madera (su pueblo era muy industrial y daba mucho trabajo en toda la comarca). Desde muy pequeña, su madre había tenido que trabajar sirviendo en las casas de la gente más rica del pueblo, y así siguió aunque se casara, porque el sueldo de su padre no era muy grande. Su hermana era mayor que ella. Eran felices, todo parecía color de rosa.
 
Cuando se fue haciendo mayor, Araceli también se colocó en un taller de costura que producía para tanto comercio como había en el pueblo. Tenía unas amigas que estaban con ella en el taller, y con ellas se iba a pasear cuando salían del trabajo y en días festivos.

En una ocasión, dando un paseo por la plaza mayor, conoció a un chico que solía ir con sus amigos desde el pueblo de al lado. Se les acercó con mucha delicadeza, hablando con una sonrisa y palabras muy dulces. A pesar de ello, a las amigas de Araceli no les gustó mucho y no querían que se acercase a ellas. A Araceli, en cambio, y a pesar de que era delgado y muy poca cosa, no le disgustó. Empezó a hablarle.
 
Ella estaba en un momento muy difícil. Su hermana se había casado y se había ido a vivir a Barcelona. Poco después, había muerto su madre. El padre ya estaba para jubilarse, y tampoco se encontraba muy bien. Así que Araceli se agarró a aquel chico que se veía tan amable…
 
Cuando formalizaron su relación, empezaron los problemas. Él no quería que Araceli saliera a diario, le dijo que dejase a sus amigas porque ella era ya una mujer con novio. Un día, Araceli se lo comentó a sus amigas y estas le pidieron que dejara esa relación. “Es un hombre malo, ¿no te das cuenta? Te va a hacer la vida imposible”, le decían. Pero ella no lo creía así, pensaba que él actuaba así por amor. Al final, Araceli renunció a sus amigas.
 
Pasaron los años y su padre murió. Entonces él decidió que se iban a casar, porque ella ya no tenía a nadie allí; que se irían a su pueblo, donde vivía su familia.
 
Se casaron y se fueron a vivir al pueblo de él. Al principio, Araceli no le dio mucha importancia al hecho de que él no quisiera que lo acompañase a comprar. Pero luego la dejó sin dinero. Después le dijo que tuviese cuidado con las vecinas, que eran muy chismosas. Otro día fue otra cosa y, poco a poco, Araceli se fue dando cuenta de cuánta razón habían tenido sus amigas.
 
Tuvo tres hijos varones. Por esa época, su marido ya la dejaba encerrada en casa. Le ponía cadenas a los balcones y puertas y señales para que no se acercase a ellos. Sus hijos no podían entrar a la casa cuando venían de la escuela, hasta que él no llegase de trabajar. Ya Araceli solo salía a la calle cuando tenía que ir al médico, y siempre acompañada por él, porque el resto de cosas que había que hacer fuera de la casa las hacía todas su marido.
 
Enfrente de la casa había una tienda, y alguna vez él la mandaba a comprar,  pero la esperaba en la puerta de su casa. El comerciante dice que dejaba de atender a otra persona para darle a ella lo que pedía, porque sabía que debía volver enseguida. Araceli le contó lo que le decía su marido: que no podía salir, que donde tiene que estar una mujer es en su casa. “¿Ves como no puedes ir a ningún sitio?”, le repetía, “es que eres una inútil”. Por eso el tendero la despachaba antes que a nadie.
 
Cuando salía a la calle (siempre con él) a Araceli se la veía cabizbaja. Aunque él le hablara, jamás  levantaba la cabeza. Siempre iba mirando al suelo. Se comentaba que él le decía que qué interés tenía ella en mirar al que pasaba.
 
Una vez, Araceli se puso enferma y tuvieron que ingresarla en el hospital. Dicen que, cuando estaba en planta, él echaba las cortinas de la cama, encendía la luz, y allí se quedaba. Incluso discutía con las auxiliares cuando la iban a asear, porque no quería que descorriesen las cortinas.

Síndrome de Estocolmo
A Araceli se le complicó su enfermedad y la ingresaron en la UCI. Allí tomó confianza con la celadora que había y, a pesar del miedo y el susto que siempre tenía,  un día se sinceró con ella Fue gracias a que la celadora le dijo (cuentan que por el miedo que le vio en los ojos): “No se preocupe, aquí ni la oye ni la ve ni va a entrar mientras yo no dé paso”. Entonces, Araceli se relajó y fue  contando su historia. Por comentarios, se sabía que lo estaba pasado muy mal; pero nadie se figuraba que tanto. La celadora le comentó que ella había oído que los niños pasaban mucho tiempo tirados en la calle, por no poder entrar a la casa hasta que su padre volvía. Araceli dijo entonces:
 
–¡Ay, señora! Si usted supiera… Cuando eran pequeños también los ponía en una manta en el patio para que me vigilaran; incluso uno tenia que venir conmigo al servicio. Y, mire usted, había puesto uralita en el patio… ¿quién me iba a ver? –la pobre mujer siguió hablando–. Cuando se fueron haciendo mayores, tenían que estar con frío o calor fuera, porque él decía que en su casa no entraba ningún hombre cuando él no estuviese. Usted no sabe qué pena es eso de ver a tu hijo sentado en el escalón de enfrente, hecho un hombre, pasando frío o calor, y no poder abrirle.
 
 
 La celadora, que no salía de su asombro, le exclamó:
 
–¡Pero si son sus hijos!
 
–Sí –contestó Araceli –, pero ya eran hombres.
 
–¿Y todavía aguantan sus hijos esa vida? –preguntó la celadora.
 
–No, señora –contestó ella –, ya se fueron de mi casa a trabajar y uno se me ha casado. Con la boda tuvimos otro conflicto. Mi hijo quería que yo fuese su madrina y él decía que no. Así que no sé como le dije que sí lo sería; y su hijo también se lo dijo, que si no lo denunciaba;  y al final tuvo que ceder y fui.
 
Que cara tan feliz se le veía, se le transformaba el rostro  hablando de su hijo y de la boda. La celadora, sin salir de su asombro, le preguntó: 
 
–¿Y usted no puede decirle a alguien de su familia lo que le pasa?
 
–No, porque la única hermana que tengo esta en Barcelona –le contestó Araceli.
 
–Pues su cuñada, la mujer del hermano mayor del marido, según compañeras que trabajan aquí y  son de ese pueblo, se ha separado. ¿Usted porque no lo intenta? –insistió la celadora.
 
–No, por Dios, yo no quiero que mis hijos tengan que avergonzarse nunca de mí por haber dejado a su padre. Además, si lo intentara, ni sé lo que les haría, porque este que está esperando fuera para entrar, mi hijo el más pequeño que todos los días viene a verme, le plantó cara y entonces él lo cogió del brazo por la ventana del coche, con intención de  partírselo… Antes de que les pase algo a mis hijos yo seguiré así, total ya estoy hecha a ello. Y yo ya a dónde voy a ir, ¿a complicarle la vida a mis hijos, a sus casas…?
 
Poco después Araceli recibió el alta y entonces ya se dejó de saber de ella. Pero hace unos meses se comentó que su hijo el pequeño se la había llevado de aquella casa del terror y que, cuando salía, Araceli no dejaba llorar diciendo que qué iba a ser de su casa ahora.
 
Esta es una historia triste y desoladora. Es una pena que aún existan seres que se consideran dueños y señores de la vida de otro ser.  Al final fueron tantos años en aquella tortura que Araceli acabó  desarrollando un síndrome de Estocolmo. Él consiguió anularla completamente.  


 

Redactado por Charo Ascanio el Martes, 7 de Marzo 2017 a las 10:17 | Comentarios
Blog de El Astrolabio
Yaiza Martínez
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En este blog se publican los textos escritos por las alumnas y alumnos del Taller de Escritura de El astrolabio. También comentamos los libros que estamos leyendo en nuestro Club de Lectura.