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Síndrome de Estocolmo

Martes, 7 de Marzo 2017

Relato de Charo Ascanio.


Síndrome de Estocolmo
Llevo varios días mirando la hoja en blanco que tengo delante de mí y no sé cómo comenzar, cómo reflejar en ella una historia dura y a la vez llena de amor por unos hijos.
 
Araceli es  su protagonista, una mujer de otro pueblo. En su casa eran cuatro de  familia, sus padres su hermana  y ella. Se habían criado bien; eran pobres, pero vivían sin muchos aprietos. Su padre trabajaba en una fábrica de madera (su pueblo era muy industrial y daba mucho trabajo en toda la comarca). Desde muy pequeña, su madre había tenido que trabajar sirviendo en las casas de la gente más rica del pueblo, y así siguió aunque se casara, porque el sueldo de su padre no era muy grande. Su hermana era mayor que ella. Eran felices, todo parecía color de rosa.
 
Cuando se fue haciendo mayor, Araceli también se colocó en un taller de costura que producía para tanto comercio como había en el pueblo. Tenía unas amigas que estaban con ella en el taller, y con ellas se iba a pasear cuando salían del trabajo y en días festivos.

En una ocasión, dando un paseo por la plaza mayor, conoció a un chico que solía ir con sus amigos desde el pueblo de al lado. Se les acercó con mucha delicadeza, hablando con una sonrisa y palabras muy dulces. A pesar de ello, a las amigas de Araceli no les gustó mucho y no querían que se acercase a ellas. A Araceli, en cambio, y a pesar de que era delgado y muy poca cosa, no le disgustó. Empezó a hablarle.
 
Ella estaba en un momento muy difícil. Su hermana se había casado y se había ido a vivir a Barcelona. Poco después, había muerto su madre. El padre ya estaba para jubilarse, y tampoco se encontraba muy bien. Así que Araceli se agarró a aquel chico que se veía tan amable…
 
Cuando formalizaron su relación, empezaron los problemas. Él no quería que Araceli saliera a diario, le dijo que dejase a sus amigas porque ella era ya una mujer con novio. Un día, Araceli se lo comentó a sus amigas y estas le pidieron que dejara esa relación. “Es un hombre malo, ¿no te das cuenta? Te va a hacer la vida imposible”, le decían. Pero ella no lo creía así, pensaba que él actuaba así por amor. Al final, Araceli renunció a sus amigas.
 
Pasaron los años y su padre murió. Entonces él decidió que se iban a casar, porque ella ya no tenía a nadie allí; que se irían a su pueblo, donde vivía su familia.
 
Se casaron y se fueron a vivir al pueblo de él. Al principio, Araceli no le dio mucha importancia al hecho de que él no quisiera que lo acompañase a comprar. Pero luego la dejó sin dinero. Después le dijo que tuviese cuidado con las vecinas, que eran muy chismosas. Otro día fue otra cosa y, poco a poco, Araceli se fue dando cuenta de cuánta razón habían tenido sus amigas.
 
Tuvo tres hijos varones. Por esa época, su marido ya la dejaba encerrada en casa. Le ponía cadenas a los balcones y puertas y señales para que no se acercase a ellos. Sus hijos no podían entrar a la casa cuando venían de la escuela, hasta que él no llegase de trabajar. Ya Araceli solo salía a la calle cuando tenía que ir al médico, y siempre acompañada por él, porque el resto de cosas que había que hacer fuera de la casa las hacía todas su marido.
 
Enfrente de la casa había una tienda, y alguna vez él la mandaba a comprar,  pero la esperaba en la puerta de su casa. El comerciante dice que dejaba de atender a otra persona para darle a ella lo que pedía, porque sabía que debía volver enseguida. Araceli le contó lo que le decía su marido: que no podía salir, que donde tiene que estar una mujer es en su casa. “¿Ves como no puedes ir a ningún sitio?”, le repetía, “es que eres una inútil”. Por eso el tendero la despachaba antes que a nadie.
 
Cuando salía a la calle (siempre con él) a Araceli se la veía cabizbaja. Aunque él le hablara, jamás  levantaba la cabeza. Siempre iba mirando al suelo. Se comentaba que él le decía que qué interés tenía ella en mirar al que pasaba.
 
Una vez, Araceli se puso enferma y tuvieron que ingresarla en el hospital. Dicen que, cuando estaba en planta, él echaba las cortinas de la cama, encendía la luz, y allí se quedaba. Incluso discutía con las auxiliares cuando la iban a asear, porque no quería que descorriesen las cortinas.

A Araceli se le complicó su enfermedad y la ingresaron en la UCI. Allí tomó confianza con la celadora que había y, a pesar del miedo y el susto que siempre tenía,  un día se sinceró con ella Fue gracias a que la celadora le dijo (cuentan que por el miedo que le vio en los ojos): “No se preocupe, aquí ni la oye ni la ve ni va a entrar mientras yo no dé paso”. Entonces, Araceli se relajó y fue  contando su historia. Por comentarios, se sabía que lo estaba pasado muy mal; pero nadie se figuraba que tanto. La celadora le comentó que ella había oído que los niños pasaban mucho tiempo tirados en la calle, por no poder entrar a la casa hasta que su padre volvía. Araceli dijo entonces:
 
–¡Ay, señora! Si usted supiera… Cuando eran pequeños también los ponía en una manta en el patio para que me vigilaran; incluso uno tenia que venir conmigo al servicio. Y, mire usted, había puesto uralita en el patio… ¿quién me iba a ver? –la pobre mujer siguió hablando–. Cuando se fueron haciendo mayores, tenían que estar con frío o calor fuera, porque él decía que en su casa no entraba ningún hombre cuando él no estuviese. Usted no sabe qué pena es eso de ver a tu hijo sentado en el escalón de enfrente, hecho un hombre, pasando frío o calor, y no poder abrirle.
 
 
 La celadora, que no salía de su asombro, le exclamó:
 
–¡Pero si son sus hijos!
 
–Sí –contestó Araceli –, pero ya eran hombres.
 
–¿Y todavía aguantan sus hijos esa vida? –preguntó la celadora.
 
–No, señora –contestó ella –, ya se fueron de mi casa a trabajar y uno se me ha casado. Con la boda tuvimos otro conflicto. Mi hijo quería que yo fuese su madrina y él decía que no. Así que no sé como le dije que sí lo sería; y su hijo también se lo dijo, que si no lo denunciaba;  y al final tuvo que ceder y fui.
 
Que cara tan feliz se le veía, se le transformaba el rostro  hablando de su hijo y de la boda. La celadora, sin salir de su asombro, le preguntó: 
 
–¿Y usted no puede decirle a alguien de su familia lo que le pasa?
 
–No, porque la única hermana que tengo esta en Barcelona –le contestó Araceli.
 
–Pues su cuñada, la mujer del hermano mayor del marido, según compañeras que trabajan aquí y  son de ese pueblo, se ha separado. ¿Usted porque no lo intenta? –insistió la celadora.
 
–No, por Dios, yo no quiero que mis hijos tengan que avergonzarse nunca de mí por haber dejado a su padre. Además, si lo intentara, ni sé lo que les haría, porque este que está esperando fuera para entrar, mi hijo el más pequeño que todos los días viene a verme, le plantó cara y entonces él lo cogió del brazo por la ventana del coche, con intención de  partírselo… Antes de que les pase algo a mis hijos yo seguiré así, total ya estoy hecha a ello. Y yo ya a dónde voy a ir, ¿a complicarle la vida a mis hijos, a sus casas…?
 
Poco después Araceli recibió el alta y entonces ya se dejó de saber de ella. Pero hace unos meses se comentó que su hijo el pequeño se la había llevado de aquella casa del terror y que, cuando salía, Araceli no dejaba llorar diciendo que qué iba a ser de su casa ahora.
 
Esta es una historia triste y desoladora. Es una pena que aún existan seres que se consideran dueños y señores de la vida de otro ser.  Al final fueron tantos años en aquella tortura que Araceli acabó  desarrollando un síndrome de Estocolmo. Él consiguió anularla completamente.  


 
Charo Ascanio

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Yaiza Martínez
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En este blog se publican los textos escritos por las alumnas y alumnos del Taller de Escritura de El astrolabio. También comentamos los libros que estamos leyendo en nuestro Club de Lectura.