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El párroco de mi pueblo

Miércoles, 8 de Febrero 2017

Relato de María Ángeles Alarcón.


María Ángeles Alarcón.
María Ángeles Alarcón.
Mi hermano Julio y yo llegamos empapados a casa una mañana de agosto en la que el sol abrasaba. Junto a nuestra casa, en una aldea cercana a Pozoblanco, todavía circulaban algunos riachuelos, cosa que a día de hoy resulta casi imposible bien por nuestra agonía consumista, o sepa Dios qué estamos haciendo para ir borrando poco a poco todo vestigio natural.

La misa empieza dentro de un cuarto de hora y no pensareis ir así, mojados de pies a cabeza, dijo mi madre. Rondaba el verano de 1940, y muchos republicanos perseguidos, al terminar la guerra civil se escondían y tenían sus refugios por aquellos montes de la campiña cordobesa.

Don Serafín, el nuevo párroco del pueblo se estrenaba con su primera misa, y mi madre, santa católica y apostólica no iba a permitir que nos quedáramos sin el sermón de los domingos, fuese quien fuese el señor cura que lo diese.

Al salir de casa, me quedé mirando una foto, supuestamente de mi padre. La madre de mi padre vivía con nosotros desde que a su hijo lo fusilaron en la guerra. Julio no tendría los tres años, así que él no se acuerda de nada, pero yo sí recuerdo el rifle de mi padre y a sus compañeros entrando y saliendo de casa con folletos, papeles y botellas de vino.

Mis padres no se casaron, eso dice mi madre, por eso yo no no entendía por qué ahora quería ir siempre a misa, colaborar con la iglesia, y no oír hablar de la República. Tenía miedo, mucho miedo, a la muerte, al hambre, a los gritos y a las balas.

La iglesia estaba en la cima del pueblo, a unos diez minutos andando, todo cuesta arriba .Por suerte llegamos a tiempo de sentarnos en unos de los primeros bancos, justo enfrente del altar. A mi madre le gustaba estar bien cerca para no perder detalle, mientras mi hermano y yo nos entreteníamos en jugar al veo-veo, cuchichearnos al oído y observar a las mujeres, porque la mayoría eran mujeres que se miraban las unas a las otras. Unas con complicidad y otras con una malicia envidiosa que sus ojos no podían esconder.

El párroco don Serafín nos cayó en gracia desde el primer momento. Éramos los únicos niños que estaban aquel domingo allí, y por momentos parecía como si estuviese hablando solamente a Julio, y él sonreía a su mirada y a los gestos aparentemente amables con los que el párroco se dirigía a todos.

Un detalle curioso me llamó la atención a la hora en que don Serafín se tomó el vino del cáliz, casi al final de la misa. Y es que le faltaba el dedo pulgar de la mano derecha. Me di cuenta porque se llevó la copa con las dos manos a la boca y luego la depositó de la misma forma. Al salir de misa, don Serafín salió a la puerta para saludar a los asistentes, echarnos una ojeada y observar con qué clase de gente iba a estar rodeado en este nuevo destino.

Mi madre no tardó en acercarse al párroco, mientras Julio y yo jugueteábamos alrededor. De pronto, él ya la llamaba por su nombre y le hablaba de nosotros. No se preocupe usted Agustina, le oí decir al acercarme para preguntar cuándo nos íbamos porque tenía hambre y seguramente la abuela (que no iba a misa, por cierto) ya nos tendría la comida preparada.

Llegamos a casa, y después de comer, como casi siempre, mamá se fue a casa de la vecina a escuchar una novela que daban por la radio. Nosotros aun carecíamos de tal artilugio, y mamá estaba muy entusiasmada con esas historias que contaban. Parece ser que era lo único que animaba a mamá, aparte de la misa de los domingos y de encerrarse en su cuarto debido a su cansancio y  pesadez de la vida.

Trabajaba todo el día como asistenta en la casa de la tendera, y la abuela se ocupaba de darnos de comer, de vez en cuando algún beso y alguna historia de su juventud y también de papá. Pero no le gustaba hablar mucho de él aunque fuese su hijo.

A Julio no le iba muy bien en el colegio. Le costaba aprender a leer, a escribir, se distraía y le gustaba jugar mucho tiempo solo. Don Serafín, un buen párroco entregado a su comunidad, empezó a dar clases a chicos, fuera de la escuela para ayudarles con las materias. Creó un grupo de unos diez niños, entre ellos estaba Julio, mi hermano tímido y sumiso, al que le costaba la misma vida el aprendizaje del mundo.

Las clases se daban todos los sábados por la mañana, y los niños poco a poco se fueron entusiasmando con la forma amena y divertida con la que don Serafín explicaba, en forma de juegos, esas mismas cosas que en el colegio les parecían sumamente aburridas y absurdas.

El párroco formó también un comedor solidario, en el que la gente que de verdad pasaba hambre tenían un plato de comida caliente, un día si y otro no, ya que en la posguerra las oleadas de hambrunas nos sacudían a todos los pobres, y era frecuente ver como morían y enfermaban personas por falta de alimento.

El párroco de mi pueblo
Un buen día, don Serafín vino a casa. Quiso hablar con mi madre, pero ella como siempre andaba ocupada en casa de la vecina. Habló con mi abuela, y ésta sintió un revoltijo al verlo, porque no sabía a qué venía aquella visita.

Mi abuela y don serafín hablaron en la puerta un rato. Luego el párroco se despidió de ella, llamó a Julio y le dijo: Mañana te espero en la iglesia a eso de las cinco ¿de acuerdo? De acuerdo señor, respondió mi hermano sin añadir nada más, y el cura subió la cuesta y desapareció por la escalinata.

Quise enterarme de lo que pasaba, y Julio me respondió que el cura quería darle clases particulares porque, según él, iba retrasado con respecto a otros niños.

Al día siguiente, don Serafín acompaño a mi hermano a casa, después de las clases. Julio llegó un poco más pálido de lo normal y al despedirse del párroco lo miró con cierta desconfianza, temor y a la vez con agradecimiento. Don Serafín le regaló unos zapatos nuevos, sin decirle si eran de algún otro niño o se los había comprado exclusivamente a él. Algunas veces, a mí me regalaba algún libro de poemas, según el cura, para ir fomentando en mí un vocabulario mas amplio y culto.

Durante la misa de los domingos, Julio se quedaba perplejo ante las palabras de don Serafín, y ya no quería jugar conmigo. Mi madre solía invitar al párroco a comer a casa, en muestra de agradecimiento por lo que estaba ayudando a Julio. Durante la sobremesa,  nos quedábamos solos con mi abuela, y a veces sólo con D. Serafín, un buen rato, mientras mi abuela dormía y mi madre se iba a escuchar su novela a casa de la vecina. A Julio, el párroco le regalaba casi siempre algún libro también, para fomentar la lectura, cuadernos, y ropa que según don Serafín, donaban a la iglesia mujeres de bien.

Había cierta complicidad entre Julio y don Serafín. Un amor extraño y paternal que no dejaba nunca de sorprenderme. Por suerte, yo no necesitaba de clases particulares y, entrada ya en adolescencia, mi único pensamiento era salir del pueblo algún día para hacer mi vida en la capital.

La tendera veía a Julio acompañado del párroco la mayoría de las veces, cuando regresaba a casa de sus clases particulares. Se mordía la lengua, y su silencio era más aterrador que la caricia y el beso que don Serafín le daba a mi hermano antes de subir cuesta arriba y desaparecer por la empinada de la calle.

Entretanto, mi madre cada vez se entusiasmaba más con la novela de la radio, y no hacía otra cosa que trabajar , dormir y hablar de la misma.

Un día, en pleno invierno, Julio llegó a casa solo. Apenas si podía andar, y tenía un cardenal de color rojo en la cara. Las manos las tenía hinchadas y no quiso que nadie le ayudase con el baño. Solo quería estar solo, y ni si quiera nos dirigió la palabra a la abuela y a mí mientras cenábamos en la cocina. Casi no probó bocado y se fue a la cama cojeando. Sólo dijo que se escurrió por la cuesta a causa de la enorme helada .Cada día, Julio estaba más distante y distraido. Don Serafín lo llamaba para cualquier cosa, y él acudía sin rechistar.

Subía para ayudar con las tareas de la iglesia, para repartir comida y todo lo que hubiese que hacer, con tal de recibir los regalos y el cariño del señor párroco. Muy de vez en cuando, yo subía para ayudar con las actividades del comedor benéfico, aunque no con demasiada frecuencia, ya que me quedaba hasta que todo estuviese recogido y me hacía perder mucho tiempo.

No era santo de mi devoción limpiar, barrer y demás tareas que parecían corresponder solamente a las mujeres. Pasaron los años, y a Julio también le entró la prisa por desaparecer del pueblo y emigrar a la capital cordobesa. Yo llevaba varios años allí, encontré un trabajo de secretaria. Mi hermano, por ciertas influencias, encontró trabajo en un hotel, de botones. Nos veíamos de vez en cuando los domingos para comer y él no quería ni oír hablar del pueblo ni de volver. Era como si quisiera cortar con toda su niñez y borrar de un plumazo aquellos años de juego e inocencia.

Un domingo, le propuse a Julio visitar a mamá. La abuela había muerto hace tiempo y seguramente a ella le gustaría vernos, aunque nunca se alegrase por eso.
Ve tú sola, hermana, yo no voy, estoy bien aquí. A la vuelta te cuento si estás preparada para escuchar lo que tengo que decirte, me comentó misteriosamente. No quiso darme más explicaciones.

Marché al pueblo, de visita, y al entrar en casa encontré a un hombre mayor, canoso, y con una pequeña cicatriz en la ceja. Sin duda alguna era don Serafín, esta vez sin su túnica negra. Por lo visto había abandonado el sacerdocio, acusado de ciertos robos y estafa a la iglesia.

No había perdido la amistad con mi madre, y se veían de vez en cuando, según ellos.  Nos sentamos a comer a la mesa. Mi madre a un lado de don Serafín y yo al otro. Estábamos ya masticando, cuando, de pronto, sentí un mano que tocaba mis rodillas, e incluso más arriba. Nerviosa, con disimulo, me agaché para recoger un tenedor que antes hice que se me cayera.  No pude dar crédito cuando ví que la mano que me tocaba tenía solo cuatro dedos.

Me levanté de un salto y salí a la calle. Una vez fuera, comencé a vomitar. Los recuerdos acudieron entonces a mi mente como en cascada. Recordé, como si fuesen escenas de una película, aquellas manos tocando mi cuerpo, en aquellos tiempos en los que pasaba algunas sobremesas a solas con don Serafín mientras mi hermano jugaba en la calle, mi abuela dormía y mi madre escuchaba su novela en casa de la vecina.

Entonces comprendí lo que mi hermano no había querido contarme. Ya lo recordé también por mí misma. Regresé lo antes que pude a la capital y me matriculé en la facultad de derecho. Fui la primera mujer inscrita, y me llevó sudores y lágrimas entrar, pero no menos de las que derramé aquel día, cuando me despedí de mi madre y ella, todavía, solo sabía hablarme de su novela.


 
María Ángeles Alarcón

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Yaiza Martínez
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En este blog se publican los textos escritos por las alumnas y alumnos del Taller de Escritura de El astrolabio. También comentamos los libros que estamos leyendo en nuestro Club de Lectura.